La epilepsia es una de las enfermedades más antiguas reconocidas por la humanidad, con registros escritos que datan del año 4000 a. C. Desde entonces, la ciencia y la medicina han evolucionado significativamente, y hoy en día es posible diagnosticar y tratar la enfermedad, lo que proporciona una mejor calidad de vida a las personas afectadas e, incluso, en algunos casos, permite encontrar una cura.
En este artículo, comprenderá qué es la epilepsia, cómo se manifiesta y cómo funcionan el diagnóstico y el tratamiento.
¿Qué es la epilepsia?
La epilepsia es una afección neurológica causada por una alteración temporal y reversible de la función cerebral, resultante de descargas de energía anormales. La enfermedad se manifiesta en forma de convulsiones, también llamadas crisis epilépticas. Estas convulsiones ocurren a intervalos variables y no son causadas por fiebre alta, traumatismos craneoencefálicos, medicamentos ni trastornos metabólicos.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), estas crisis epilépticas pueden durar segundos o minutos y ocurren cuando una parte del cerebro emite señales de energía incorrectas y desordenadas. Se clasifican en dos tipos:
Crisis epiléptica parcial (focal): estos signos permanecen restringidos al área donde ocurrieron, sin extenderse al resto del cerebro.
Crisis epiléptica generalizada: los síntomas no se limitan a una sola zona del cerebro e involucran ambos hemisferios cerebrales.
Según el tipo de crisis epiléptica, los síntomas pueden manifestarse de forma más leve o sutil. Por ejemplo, las crisis más leves pueden provocar breves lapsos de atención o movimientos involuntarios que afectan solo a una parte del cuerpo. Sin embargo, esto no significa que la afección sea menos grave solo porque los síntomas sean menos evidentes.
Causas y factores de riesgo de la epilepsia
Actualmente, según información publicada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 50% de los casos de epilepsia en todo el mundo aún tienen causas desconocidas. Sin embargo, lo que se sabe hasta ahora sobre el otro 50% es que las causas se pueden dividir en las siguientes categorías: estructurales, infecciosas, genéticas, metabólicas, inmunológicas y desconocidas.
En otras palabras, un traumatismo craneoencefálico grave, anomalías congénitas o infecciones cerebrales como la meningitis, por ejemplo, pueden provocar epilepsia.
Actualmente, el riesgo de muerte prematura en personas con epilepsia es hasta tres veces mayor que en la población general. Sin embargo, es necesario considerar que una gran proporción de estas muertes relacionadas con la epilepsia son potencialmente prevenibles, ya que suelen ser causadas por caídas, ahogamientos, quemaduras o crisis epilépticas prolongadas.
Por lo tanto, los mayores riesgos asociados a la epilepsia provienen de lesiones o traumatismos que pueden ocurrir durante las crisis epilépticas. Además, también se observan mayores índices de problemas psicológicos, como ansiedad y depresión.
Diagnóstico y tratamiento de la epilepsia
Las crisis epilépticas, o convulsiones, no son necesariamente un signo de epilepsia. De hecho, casi el 10 % de la población mundial experimenta una crisis epiléptica a lo largo de su vida. Por lo tanto, la OMS define la epilepsia como la aparición de dos o más crisis epilépticas no causadas por fiebre alta, traumatismo craneoencefálico, fármacos o trastornos metabólicos.
El diagnóstico de epilepsia se basa en la evaluación del historial clínico del paciente y la información sobre convulsiones observadas previamente, y se confirma mediante pruebas como el electroencefalograma (EEG). Si se sospecha que la causa de la afección es estructural, la OMS recomienda solicitar pruebas de imagen del cerebro y el cráneo, como la resonancia magnética (RM) y la tomografía computarizada (TC), para completar el diagnóstico.
También se recomienda que, tras el diagnóstico, se inicie cuanto antes el tratamiento con fármacos antiepilépticos y cambios en el estilo de vida. El tratamiento debe realizarse con seguimiento médico continuo, ajustando las dosis según la respuesta de cada paciente. Además de la medicación, es importante ofrecer apoyo psicosocial y educación tanto al paciente como a su familia, con el fin de fomentar la adherencia al tratamiento y ayudar a todos a afrontar las crisis epilépticas.
También se pueden recomendar otras alternativas cuando la medicación no es suficiente. Entre ellas se incluyen: cirugía, estimulación del nervio vago o una dieta cetogénica, siempre bajo la supervisión de profesionales cualificados.
¿Existe cura para la epilepsia?
Sí, la epilepsia es curable.
Actualmente, hasta el 70 % de las personas que siguen el tratamiento adecuado con medicamentos anticonvulsivos logran estar libres de crisis epilépticas. En estos casos, si no se presentan más crisis durante un período mínimo de dos años, se puede suspender la medicación. Por supuesto, antes de tomar esta decisión, también deben considerarse factores clínicos, sociales y personales.
Por lo tanto, el seguimiento médico regular es fundamental para garantizar que cada etapa del tratamiento se lleve a cabo de forma segura y responsable. Además de controlar las crisis epilépticas, la atención continua permite evaluar la progresión de la enfermedad y mejora la calidad de vida de la persona con epilepsia.